martes, 5 de diciembre de 2017

LIBRE COMERCIO UE--MERCOSUR, EL ZORRO LIBRE EN EL GALLINERO... (ESCRIBE KICILLOF)

Durante la semana próxima está prevista la conclusión de las negociaciones para la firma de un tratado de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea (UE), en donde se prevé la liberalización del comercio de bienes y servicios y se incluyen múltiples disciplinas, tales como inversiones, compras públicas y propiedad intelectual. El resultado será verdaderamente catastrófico para la industria nacional. Pero vayamos por partes.
En materia de bienes, se propone una amplia liberalización comercial, reduciendo a cero los aranceles de cerca del 90% de los productos importados desde la UE, tales como automóviles y autopartes, químicos, plásticos, medicamentos, bienes de capital, etcétera. A cambio, se recibirán pequeñas cuotas de un puñado de alimentos que podrán ingresar a la UE con arancel cero, pero sujetos a estrictas regulaciones sanitarias que suelen ser utilizadas como barreras comerciales camufladas. Para muestra, vale un botón: la UE ha ofrecido al Mercosur una cuota de carne de unas 70.000 toneladas anuales. Si dividimos esa cuota por la población de la UE, el ingreso adicional de carne que obtendrán el Mercosur será de unos 138 gramos de carne anual per cápita europea, es decir ¡aproximadamente lo que llevan tres empanadas! Se entrega toda la industria nacional a cambio de una miseria. ¡Tres empanadas!
Además, la UE exige a nuestro país una mayor liberalización del comercio de servicios, aunque Argentina ya es uno de los países más abiertos del mundo a partir de los compromisos asumidos en la OMC. La UE reclama ahora que se liberalicen los sectores que Argentina preservó en aquel momento por considerarlos estratégicos. Uno de los sectores que más interesa a la UE son los servicios de transporte marítimo y fluvial. Este reclamo recuerda al "Acuerdo de Amistad, Comercio y Navegación entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y su Majestad Británica", firmado en 1825, que sostiene que "los habitantes de los dos países gozarán respectivamente la franqueza de llegar segura y libremente con sus buques y cargas a todos aquellos parajes, puertos y ríos en los dichos territorios". La situación por aquel entonces -que casi se replica en la actualidad- era que las Provincias Unidas del Río de la Plata no contaban con ninguna embarcación de cargas propia, mientras que su "Majestad Británica" poseía la marina mercante más poderosa del mundo. Con la firma de este acuerdo retrocedemos 200 años. Mientras tanto, el gobierno de Macri vota en el Congreso una ley de promoción de la Marina Mercante argentina, que con esta firma no servirá para nada.
En relación con las inversiones, la entrega es también escandalosa. El acuerdo obligará a la Argentina a ofrecer “trato nacional” a las empresas europeas, al tiempo que se suprimirá la posibilidad de establecer cualquier tipo de “requisito de desempeño” a las transnacionales del viejo continente. Es decir, las empresas europeas deberán ser tratadas como si fuesen empresas nacionales, y podrán hacer en nuestro país lo que quieran, cuando quieran y cómo quieran. Se pierde toda la capacidad regulatoria del Estado sobre las empresas extranjeras.
Respecto de las compras gubernamentales y la obra pública, el acuerdo estipula el acceso a las licitaciones a las empresas europeas a todos los niveles de gobierno, asegurándoles “trato nacional”. Por ejemplo, si un municipio decide hacer una gran compra de papelería, las PyMEs de la zona deberán competir contra grandes empresas europeas. Así, se eliminará toda posibilidad de utilizar el poder de compra del Estado como herramienta para el desarrollo. Estas disposiciones van claramente en contra de la Ley de Compre Nacional recientemente aprobada, cuyas páginas se transformarán en papel higiénico.
En lo que respecta a la propiedad intelectual se establece la extensión de la duración de las patentes de los medicamentos y la protección de los datos de prueba utilizados en los análisis clínicos. De esta forma, se ofrece un período de exclusividad adicional a los grandes laboratorios europeos que poseen las patentes, impidiendo la producción de genéricos por parte de laboratorios nacionales públicos y privados, encareciendo el precio de los medicamentos y reduciendo el acceso a la salud de nuestra población.
Por último, también se eliminarán los regímenes de admisión temporaria, drawback y licencias de importación, de vital importancia para la industria; se flexibilizarán las reglas de origen, lo que conducirá a una inundación de productos elaborados en países de bajísimos salarios pero con la etiqueta del “Made in Europa”; se extinguirá la posibilidad de cobrar derechos a las exportaciones, con los perjuicios que ello tendrá en materia fiscal y de agregado de valor a la producción; y se impedirá que nuestras economías regionales puedan comercializar alimentos (vinos, quesos, frutas, verduras) de similares características a los europeos, que se encontrarán protegidos a través de múltiples y nuevas “indicaciones geográficas”.
En conclusión, desde la llegada de Macri la industria argentina y las PyMEs agonizan, heridas de muerte por la “tormenta perfecta” desatada por las medidas económicas adoptadas: caída de la demanda interna; tarifazo de los servicios públicos; eliminación de los créditos subsidiados; tasas de interés por las nubes; apertura unilateral e indiscriminada a las importaciones. La firma de este acuerdo no será más que el tiro de gracia para la industria argentina. O como prefieren llamarlo los negociadores argentinos: el necesario “anclaje institucional” para las reformas que se están implementando, de modo de evitar a futuro cualquier “locura populista” que pretenda la reindustrialización del país. Lo cierto es que, a simple vista, el análisis de las principales cláusulas de este acuerdo revela sus efectos catastróficos para la industria argentina, las economías regionales y las PyMEs. Es por eso que Macri decidió negociar a escondidas y en secreto.
FUENTE Completa Aqui

*Diputado nacional FPV-Ex ministro de Economía.
**Docente-investigador de la UNQ; asesor de la CTA de los Trabajadores.

HOLA ABU...! (NO HABRA OTRA IGUAL, NO HABRA NINGUNA...)

Aparece como la 126, como muchos de los tantisimos Nietos que esperanesperamos.
El Hola Abu, las pone en el singular, en el 100% de lo que significan para cada una de ellas.
No habra otra igual, no habra ninguna,
 con tu amor y con mi amor...
Y caminando como ella, hija de y de, compañeros...
En el sendero de su vida, esta que sigue y sus retazos del ayer, claro, si.
Que alegria...

lunes, 4 de diciembre de 2017

ABUELAS ANUNCIO LA RESTITUCION DE LA NIETA 126




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¡ENORME FELICIDAD! ENCONTRAMOS A LA NIETA 126 FUENTE: ABUELASAUTOR: ABUELAS
Mañana, 5 de diciembre, a las 12, daremos una conferencia de prensa junto a su familia para dar detalles sobre su historia

¡Encontramos a la ! Mañana, a las 12, conferencia junto a su familia en V. Cevallos 592, 1°2, para dar más detalles. Pedimos a los medios la prudencia, el respeto y la confidencialidad que esta feliz noticia requierehttps://www.abuelas.org.ar/noticia/enorme-felicidad-encontramos-a-la-nieta-919 
Abuelas de Plaza de Mayo convoca a una conferencia para dar detalles sobre el feliz encuentro de una nueva nieta, la número 126. La rueda de prensa será mañana, martes 5 de diciembre, a las 12 hs., en nuestra sede de Virrey Cevallos 592, 1° 2, Ciudad de Buenos Aires.
Estarán presentes familiares y compañeros de militancia del padre y la madrede la nueva nieta, quien se encuentra feliz de haber conocido la verdad.

ALGO DE LAS CATARATAS DEL IGUAZU



 En camino, una maza de agua, previo trencito,
 Es una lluvia impresionante, se empieza a ver la gran Garganta, el arco Iris...
 y ahora si, que emocion, las lagrimas se mezclan en la humedad, el torrente de gotas, son nuestras, estan frente a nosotros. Tambien toda esta agua despierta ambiciones de dominacion hacia nosotros.


CORAL GONNET -- VIDEO EN CENTRO CULTURAL JORGE J. LOPEZ

domingo, 3 de diciembre de 2017

CORAL GONNET -- EN CENTRO CULTURAL JORGE J. LOPEZ







EL AMOR Y EL DESAMOR EN TIEMPOS DE PLOMO Y MORDAZA


En Veintidós cuentos cortos y ligeros, que editorial Sudamericana saca 
a las librerías esta semana, Sandra Russo se interna en la narrativa. Son 
cuentos de pocas páginas, “como soplidos de situaciones, de encuentros,
 de peripecias. Hay mujeres, muchas mujeres que se entienden o se
 malinterpretan, 

que se alían o se irritan mutuamente. Y hay mujeres con hombres o a punto
 de estan
 ellos”. Buena parte de los cuentos transcurren en los años de la dictadura, pero
 la tienen apenas como telón de un fondo oscuro que limita y condiciona las
 emociones: 
las tramas dan cuenta de cómo era la vida cotidiana entre los jóvenes que en
 aquella época no tenían militancia política. El libro será presentado el martes 
5 a las 19 por la autora, acompañada por Rita Cortese y Nora Veiras, en Libros 
del Pasaje. Como anticipo, PáginaI12 publica uno de los veintidós cuentos,
 “Cucarachas”. Transcurre el 25 de mayo de 1982: una de las dos chicas que libran
feroces batallas contra los insectos que invaden el departamento que comparten
 ha comenzado el duelo por su novio, desaparecido en el hundimiento del General Belgrano.
–Pero la puta madre que lo parió –gritó Erika. Yo pensé que eran otra vez las 
cucarachas. Erika estaba en su cuarto, pero puteó en voz muy alta y la escuché
 claramente desde el mío. 
–¿Las cucarachas a esta hora? –le grité, espantada. Era de día todavía, serían las
 seis de la tarde. El día era nuestro, era el pacto mudo entre dos especies. De ellas
 era la noche, el silencio, la inmovilidad de los otros.   

–No. Hundimos un portaaviones inglés. Uno grande. Noventa bajas –ella escuchaba
la radio siempre que estaba en su cuarto.  
–Y por qué puteás –le pregunté desde mi cama mientras seguía frotando mis botas 
negras con una gamuza.  
–Otra vez vamos ganando. Somos los mejores del mundo –dijo Erika. 
Jorge, un chico con el que Erika había salido un año antes, un pibe alto y hermoso
 antes en el hundimiento del General Belgrano. En realidad todavía no sabíamos que
 la lista de rehenes y mucho menos la de los muertos. Es increíble el tiempo que nos 
Era el 25 de mayo de l982. Estábamos en guerra contra Gran Bretaña. Hacía siete
 años que vivíamos en dictadura. Erika y yo cumplíamos 23 ese año. Habíamos sido 
 del secundario,
 aunque en diferentes divisiones. Es decir, no éramos estrictamente amigas cuando a
 los 21 nos mudamos a Belgrano, dejando a nuestros respectivos padres boquiabiertos.
 Nos fuimos de Quilmes a Belgrano, sin conocer Belgrano, porque las dos conseguimos
 trabajo por ahí, y decidimos mudarnos juntas cuando esperando el tren, en la estación
 de Quilmes, nos contamos mutuamente esas grandes novedades que nos
 permitían independizarnos. 
Yo trabajaba en una revista, en el Expreso Imaginario, de la que era fan, porque
apenas había visto el primer ejemplar la sentí como un hogar. Había mandado una
carta de lectores y me habían llamado para hacer colaboraciones. Erika, que estudiaba
Lingüística, daba clases de francés en un colegio secundario de ese barrio que para
nosotros era tan ajeno que nos parecía otro país, y ojalá, porque hubiese tenido otro
gobierno. Erika era profesora de uno de esos colegios para alumnos repetidores que no
 se ponían quisquillosos con los antecedentes que ella no tenía. Cuando nos habíamos
mudado al primer departamento, el de Virrey Arredondo, compartíamos el dormitorio.
Yo la escuchaba a Erika soñar todas las noches en francés. 
Ese primer trabajo de profesora la debe haber estresado mucho. Erika era muy
reservada. Yo no sabía más francés que el que habíamos estudiando en el colegio
 con Madame Pecorá. Un día, porque una de mis compañeras mascaba chicle en
 clase, Madame Pecorá le dijo que parecía “una negra del Bajo Chicago”. No era
un gran aprendizaje el que estábamos haciendo, pero el francés me atraía. Erika sabía
 mucho más que Madame Pecorá. Iba a la Alianza desde la primaria. Hablaba comosalía
 haciendo gárgaras, que es a lo que hay que animarse con el francés. A mí no me .
 Practicábamos muertas de risa, pero no me salía. Por las noches, me gustaba cuando
 mi sueño liviano era interrumpido por las exclamaciones de Erika, que dormía no sólo
 en el mismo cuarto sino en la camita que salía de debajo de mi cama. Estaba muy
cerca esa voz diciendo cosas confusas, a veces exclamaciones. La primera vez, como
no nos conocíamos tanto, me pegué un buen susto. Pensé que me había ido a vivir
con una mina medio loca y por unos instantes añoré mi cuarto propio de Quilmes.
 Después me relajé, porque empecé a
 entenderle algunas palabras. Pero no dejaba de ser incómodo compartir el cuarto,
 porque las dos teníamos novio.        

Pronto conseguimos otro departamento con un dormitorio para cada una. Quedaba
en la calle Aguilar casi esquina con Ciudad de la Paz. Un departamento alquilado por
 un conocido, sin garantía. Era un primer piso por escalera muy lindo, mucho más
 grande que el otro. Pero tenía una contraindicación, un efecto colateral, quizá una
 reducción de daño: convivíamos con una legión armada de cucarachas grandes
como pelotas de ping pon. 







Nada parecía hacerles efecto. No sólo no desaparecían, sino que un par de veces,
después de profusas aplicaciones de insecticidas que olían a veneno puro, ellas
 avanzaban como en escuadrones, y subían desde las cañerías de la planta baja con
una furia invasora imperial. A Erika y a mí nos agarraban ataques de nervios. Gritábamos
 y llorábamos mientras ella en una habitación y yo en la otra aplicábamos a destajo
golpes de escobillón, martillos, escobas, secadores y zapatazos a esas asquerosas
 nubes negras que se movían compactas por el piso y que intentaban trepar a
 todas partes. 
¿Alguien de acá se ha despertado con una cucaracha caminándole por la cara? Ahí
 el temple se pone a prueba. Cuando me pasó a mí no tuve temple: intenté matarla
pegándome a mí misma una cachetada. Esa noche, me quedé sentada en la cama,
 aturdida por el golpe que yo misma me había dado pero sobre todo por la terrorífica
 percepción de esas patas oscilantes en la mejilla, por el abrupto despertar, por la
 confirmación de que la pesadilla estaba en la vigilia. No lloré ni grité. Quedé inmóvil,
 en blanco, atenazada por el asco, un largo rato.       
Eran años raros, tristes, peligrosos, y eran los años de nuestra juventud. Todavía hoy
 me pregunto por qué con Erika no decidimos volver a mudarnos cuando comprobamos
 que nada las espantaba, y que vivir en ese departamento incluía la lucha cotidiana
contra las cucarachas. Yo creo que fue por la época. Que fue porque era 1982.
 Porque aunque cuando empezó la dictadura Erika y yo éramos adolescentes y no
 teníamos ninguna militancia política, y aunque a pesar de que ni en los diarios ni en
 los noticieros se decía una palabra sobre los miles de secuestros y asesinatos de todos
 esos años, nosotras sabíamos, como todo el mundo, que había personas que de
repente dejaban de ir a sus trabajos o a sus clases, que había madres y padres
 buscando paraderos, en fin, que a mucha gente se la tragaba la tierra. No sabíamos
 más. Sólo lo de Inconsciente Colectivo. Que la gente del barrio podía desaparecer,
 que la persona que amabas podía desaparecer, que vos también. Creo que aceptamos
 mansamente la no desaparición de las cucarachas porque nos parecía que había
 cierta lógica en convivir con el espanto de eso que sí aparecía. 
En abril, nos habíamos despertado con la noticia de la guerra. Justo dos días después
 de una primera gran marcha opositora. Erika había ido a esa marcha. No me avisó
 que iba, ella tenía esas cosas. Llegó al departamento golpeada, ahogada y con los
 ojos rojos porque en la refriega la había alcanzado la montada y no pudo escapar de
 los gases. A la noche nos habíamos quedado hasta tarde en la cocina azulejada de
 rojo, hablando y tomando caña Legui. Me contó muchas cosas pero no con quién
 había ido. Y a la mañana siguiente, la noticia de la guerra. Y muy rápido, las noticias
 de las adhesiones. Y un poco después, la plaza llena vivándolo a Galtieri. Erika odiaba
 la guerra. No era que no le importaran las Malvinas, decía. Pero desde el principio
 sospechó que todo lo que decían los noticieros era mentira, y que los chicos que
 estaban siendo enviados al sur no tenían chance. Odiaba todavía con mucho más
 fervor que yo a los militares, iba a reuniones de las que no me hablaba. Y un mes
 después, cuando también por la radio de su cuarto nos enteramos del hundimiento
del Belgrano, abrió los ojos como cuando uno no ve absolutamente nada. Jorge la
había llamado antes de embarcar, cuando lo convocaron, para despedirse. No se veían
 frecuentemente pero aunque el romance había sido corto, había quedado un vínculo
entre ellos. Yo creo que Jorge iba a las mismas reuniones que iba Erika, a esas de las
que no me hablaba.     
Ella se quedó un par de días así. Ausente. Ajada con un gris permanente. Casi no
 hablaba, casi no comía, casi ni recordaba a las cucarachas. Después tuvimos un
ataque feroz de madrugada, y en aquella lucha a brazo partido con todo lo que teníamos
 a mano, Erika volvió en sí. Pero a partir de ese día empezó a hablarme todo el
 tiempo de Jorge.   
Repetía las anécdotas. Los bares donde se habían encontrado. Los comentarios de
 Jorge sobre los apuntes de Semiología. Los cócteles que habían preparado con vodka
 y mandarinas exprimidas con los dedos de los dos entrelazados. Hablaba como si
 hubieran compartido un largo tramo de sus vidas. Quiero decir: quizá Jorge le hubiera
 preparado alguna vez ese cóctel de vodka y mandarina, pero Erika, en sus letanías,
 hablaba de un pasado continuo que estaba transcurriendo en su mente. El duelo
 deforma el tiempo. Ella estaba capturada en esos tres meses del año anterior, y los
 revivía incesantemente, como haciendo un salvataje de su memoria de Jorge.     
Después también me empezó a contar los chistes. Cada chiste que él le había contado.
 Eso era algo raro, porque cuando Jorge le había contado esos chistes, aunque fueran
malos, los dos se habían reído. Ahora, cuando Erika terminaba cada uno, se quedaba
 mustia y decía: “Dios, cómo nos reíamos”. Siempre, al final de cada chiste, decía:
 “Dios, cómo nos reíamos”. Era imposible que se hubiesen reído tanto. Eran esos
 chistes de salón, esos de primer acto, un pelo en una cama, segundo acto, un pelo en
 una cama, tercer acto un pelo en una cama. ¿Cómo se llama la obra? El vello
 durmiente. Yo me podía imaginar esos climas de pareja haciendo fiaca que se
 entretiene con pavadas, pero Jorge había muerto en el General Belgrano y Erika
 contaba los chistes con amargura, y era imposible reírse, era tristísimo escucharla,
 los remates quedaban flotando en el aire sin que ella ni yo forzáramos el menor esbozo
 de risa. Y ella decía, como rezando: “Dios, cómo nos reíamos”. Yo estaba
 acompañándola en su duelo mientras con un ojo le miraba los ojos vidriosos y con
 el otro vigilaba que no hubieran llegado las cucarachas.      
A lo largo de ese mes de mayo de l982, las cuatro o cinco veces que una de las dos
se despertó gritando porque al abrir los ojos y encender la luz había encontrado el
 espectáculo terrible de las filas entrecruzadas de cucarachas invadiendo todo el
 departamento, esas cuatro o cinco veces que terminamos en crisis de nervios,
llorando, pateando las paredes, revoleando zapatazos desde arriba de las camas,
apretando furiosamente el pico de los aerosoles insecticidas que cada una tenía en su
mesa de luz, algo de nosotras comenzó a salir. Una furia. Una necesidad de justicia.
 Un soplido infernal de desesperación por estar expuestas, en lo más íntimo de
 nuestro departamento, a esa invasión inexplicable. 
Ese 25 de mayo, cuando la Fuerza Aérea argentina bombardeó el portaaviones
 Coventry y Erika dijo desde su cuarto “La puta madre que los parió”, yo le pregunté
 por qué puteaba pero instantáneamente me sentí mal por habérselo preguntado.
 Era obvio. Erika odiaba más a los militares que a los ingleses. Por vergüenza, me quedé
 el resto de la tarde encerrada en mi cuarto, ordenando esas pilas de papeles que nunca
 dejaban de acumularse, y colgando en perchas la ropa que estaba esparcida por el
 piso y las sillas.
Fue cayendo la tarde, fui encendiendo las luces. Después de guardar la ropa me quedé
 sentada en el piso de mi cuarto, recubriendo con soga rústica una lámpara de pie
 muy sixtie y bastante arruinada que nos había cedido el dueño de casa. Era conveniente
 tener el departamento lo mejor iluminado posible, y hasta dormir con las luces prendidas,
 para engañar a las cucarachas. La idea de vivir en un falso día permanente me asaltó
 esa tarde, mientras pasaba cola por la cerámica carcomida del pie de la lámpara.
Habré llegado hasta la mitad. Miré la hora. Eran más de las nueve. Era extraño. No
 había aparecido ni una. Y Erika tampoco. Hacía horas que no se escuchaba ningún
 ruido proveniente de su cuarto, ni el de la radio. 
Me paré con esfuerzo, porque me había acalambrado. Salí de mi cuarto y miré el
 living con detenimiento. Nada.
 La puerta del
 cuarto de Erika estaba entreabierta. Me acerqué despacio. La vi de espaldas,
 también ella sentada en el piso al lado de su cama, sobre la alfombra. Estaba como
 ovillada, con la espalda encorvada, y meciéndose muy despacio. Recién entonces
 escuché que salía no de su boca, sino de su garganta, una melodía muy suave, que
 parecía una canción de cuna. Di unos pocos pasos hasta ponerme al lado de su cuerpo.
 Me agaché. Vi que tenía las manos apretadas contra su pecho, como si estuviese
rezando, pero no estaban juntas las manos. Estaban combadas, como si estuvieran
 sosteniendo algo. Erika no me miraba. No miraba nada. Solamente se mecía y arrullaba
 eso que tenía entre las manos. Se las abrí muy lentamente, sin que ella opusiera
resistencia. Guardaba entre ellas una cucaracha viva, que me hizo saltar hacia atrás.
 Apenas le abrí las manos la cucaracha se escabulló hacia debajo de su cama. 
Sin tratar de entender, solamente volví a agacharme a su lado y le acaricié el pelo
largo, sedoso, y ahí le vi la cara transfigurada, húmeda de lágrimas que ya se habían
 secado. “Dios, cómo nos reíamos”, me dijo.